De camino a la mansión de la anfitriona, Ara se había adormilado con el traqueteo de las ruedas y los cascos de los caballos. Estos, tiraban de un magnifico carruaje que la había recogido aquella misma tarde.
Solo un sonoro chirrido, al abrirse la verja que daba comienzo a los dominios de Aur, había interrumpido aquel compás, y despertado a la joven.
Los paisajes, bellísimos, que rodeaban la casa, secuestraron su mirada hasta el momento en que llegaron a la puerta principal.
Le gustaba el cristalino lago en el que jugueteaban aquello cisnes. Le gustaba aquella época. Y el cuidado con el que arreglaban sus jardines, dándoles mil formas. Era...belleza.
Sonreía aún cuando, antes de que pudiese reaccionar, la ayudaron a bajar del carruaje. El uniformado guarda de la casa la soltó con delicadeza e hizo una elegante reverencia.
Ni él ni el cochero se sorprendieron de que estuviese totalmente resguardada en aquella capa de capucha. Ni tampoco comentaron nada acerca del verde de la misma, que parecía confeccionado con auténticas esmeraldas que relucían con las antorchas de la entrada.
No se extrañaron porque los invitados de Aur Font, solían ser así.
-Por favor, permita que la conduzca con el resto de invitados, le están esperando en el gran salón.
Tampoco el mayordomo se sorprendió de que su interlocutora no contestase, sino que le siguiese obediente, aunque decidida, por aquel laberinto de pasillos cubiertos de alfombra roja.
Todo el camino estaba iluminado por largas velas ancladas en hermosos candelabros dorados de pared, que a una distancia prudencial, iluminaban el orgullo de la dueña: sus cuadros.
Era una hermosa galería.
Con una leve reverencia, el mayordomo abrió para Ara, la puerta al gran salón.
-Gracias.- la misteriosa invitada había hablado. Su voz sonaba gloriosa, era tan...musical. Era hermosa.
Ahora veía como la joven se quitaba la capucha, y pensó que más que cabellos, era oro puro lo que se caía en tirabuzones, y se posaba suavemente sobre aquellos hombros.
Y la invitada volvía a hablar. -¿Le supondría algún problema dejar que cerrase yo? - y aquella sonrisa, aquella mirada penetrante, pícara y dulce, hizo que el mayordomo se ruborizase hasta la punta de los cabellos. Balbuceando dio media vuelta y saló aligerando el paso. Ara sonrió- Creo que tomaré eso por un no.
-Vaaaya, vaaaya, otro corazón atribulado para la cuenta de Ara D'Ofit.
La aludida se volvió haciendo que sus cabellos bailasen graciosamente al mismo tiempo. Se hallaban todos alrededor de la gran chimenea. Encogió los hombros y levantó las manos con mirada de inocencia.
-Sabes que no puedo evitarlo, y tú más que nadie, Oscar, deberías comprenderme.-dijo esto al mismo tiempo que se despojaba de su hermosa capa. Y cualquiera que la hubiese visto entonces habría pensado que era un crimen ocultar bajo una capa semejante figura. El vestido era burdeos, con el "indencente" escote de la época. La espalda quedaba descubierta prácticamente en su totalidad, desviando las miradas por su curva. Los bordes de mangas y vestido eran de brillante hilo de oro, del color de aquellos cabellos. Y los cabellos, los mechones rebeldes que podrían haber caído sobre su precioso rostro, estaban ensartados con dos horquillas burdeos.
Sus ojos claros brillaron de malicioso entusiasmo. Todos los reunidos, aunque la conocían, no habían podido evitar quedar admirados. Sabía que no estaba bien, pero sentía cierto regocijo interior.
-Perdonad.- dijo. Y con el leve movimiento de sus labios, volvieron en sí. - Lo peor no es que os atonte, compañeros- bajó su cabeza- sino que me alegre por ello.
Potunen, el mayor de todos los reunidos en la sala, se levantó de su sillón. Sacudiendo levemente su cabeza a un lado y a otro le contestó: -No tienes por qué disculparte, para algo eres el ser más bello que existe, y existirá jamás. Lo que sientes es orgullo- y cogiéndola suavemente por la barbilla continuó- Y yo me siento orgulloso de haberte conocido desde el albor de tus días.

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