Imaginaos que habeis perdido algo. Algo importante, algo a lo que le teneis mucho cariño, o algo que necesitais.
Poneis vuestro cuarto patas arriba, pensais una y otra vez donde puede estar, y tras buscar y buscar, frustraros, ir de aquí para allá y desesperaros...nada.
Y un día, levantando un cojín, abriendo el cajón de la cómoda, cogiendo un libro...lo veis.
¿Conoceis esa sensación?
Multiplicarla por mil.
Ara había perdido algo mucho más importante. A Dico.
A esa persona a la que se aferraba, consciente de cuánto lo necesitaba, tras haberlo perdido.
Dico había sido algo así como su corresponsal, su mensajero, pero por encima de todo, su compañero.
Por su ahínco y esfuerzo lo había tratado con predilección, por encima de todos los mortales.
Era el único con el que se desahogaba, con el que se mostraba como era...era ese que sabía hacerla reir.
Pero Ara era una mujer de prejuicios.
Y los prejuicios de Ara se pusieron a prueba un día.
El día en que Dico se declaró.
No recordaba que estación era, solo recordaba que no hacía ni frio ni calor.
Estaban en el pico del abismo.
Estaba atardeciendo, y siempre iban allí a ver la puesta de sol.
Era el lugar más bello del universo. Y habían tenido la oportunidad de comprobarlo. Y se había convertido en SU lugar.
Dico conocía demasiado bien a Ara. La conocía tan bien que sabía cual iba a ser su reacción.
Pero estaba decidido y lo haría allí y ahora. No podía estar toda su vida haciendo recados y trayendole los poemas amorosos de admiradores a la mujer que amaba.
-Te quiero.
Esas dos palabras sonaron devastadoramente sinceras y firmes, resquebrajando el silencio.
Ará dejó de mirar el horizonte y su fiesta de colores, para clavar sus ojos en otro mucho más cálido, y mucho más profundo, que le devolvía la mirada.
- Te quiero más que a nada en este mundo. Y decirlo era lo único que quedaba porque sé que en el fondo tú lo sabías de sobra.- Cuando Dico le dijo aquello, Ara no supo reaccionar. Él fue más rápido y la agarró por la cintura dispuesto a besarla.
Ahí fué cuando los prejuicios y miedos de Ara obraron por ella. Era un mortal, la quería, pero era un mortal, y eso implicaba sufrimiento, dolor. Y era la primera vez que alguien se atrevía a cogerla así!! y a acercarse tanto!!!!
La indignación y los prejuicios de Ara le pegaron un puñetazo de impresión a Dico.(sí xD momento paranoia, se ve a Dico golpeado por un puño gigante, luega a Dico por los aires a cámara lenta, y cayendo por el abismo).
Ara se dió cuenta de a donde estaba cayendo.
Gritó y se acercó al filo del abismo corriendo.
Mientras la mano golpeadora enrojecía de dolor, la otra se extendía intentando alcanzar a Dico.
Sus dedos se rozaron (sí, típico xD lo sé) y sus caras describían demasiadas impresiones al mismo tiempo.
La de Ara principalmente pánico.
Miró abajo.
A esa oscuridad, esa masa negra, rocas y hedor.
Tomó una decisión. Y corrió, corrió como no lo había hecho en toda la eternidad, comenzó a descender por la ladera, abajo, y más abajo, y más aún...
Hasta el valle.
Tenía ante sus ojos el imponente valle verde. Se extendía hasta donde podían alcanzar a ver. Era como un mar de hierba fresca.
Y detrás, detrás tenía la montaña, y aquel siniestro arco de piedra que siempre evitaba.
Sabía qué había al otro lado del tunel. El lugar al que había caido Dico.
Sabía que era un tunel recto que atravesaba la imponente montaña. Sabía que todo lo que hubiese dentro la conmocionaría. Sabía que lo que iba a encontrar al final no le iba a gustar.
Pero en su cara se empezaban a secar las lágrimas que había derramado en su desesperada bajada.
Y su corazón palpitaba con fuerza en sus oidos.
Iba a cruzar.
Se dió la vuelta. Tomó aire. Y emuló a un rayo hasta llegar al otro lado.
Al otro lado.
La única luz aparente desprendía un tono verdoso que descubría un mundo oscuro, viscoso y rocoso.
Y allí en el suelo, sobre unos peñascos, había dos figuras.
Dos.
Una tumbada, tirada, e inmóvil.
Otra recogiéndola. Era muy grande. Era muy oscura. Y se había dado cuenta de que ella estaba allí.
Se giró. Y le vió la cara, iluminada por la luz verdosa. Y supo que nunca podría olvidarla.
Fue lo último que recuerda de aquel día. Porque al abrir los ojos, estaba en el valle verde.
Todos estos recuerdos venían a la mente de Ara mientras estrechaba a Dico con todas sus fuerzas.
Eso y lo mal que lo había pasado buscando formas de encontrarle, buscando formas de llegar al lugar al que se lo habían llevado.
Preguntando a tantas personas. Encontrando respuestas a muchas cosas, menos a su pregunta.
Lo había perdido, y todo había sido por su culpa, y aquello había hecho que cambiase radicalmente.
Y todos sus amigos se habían dado cuenta. Dejó de ser tan creida, su arrogancia y prejuicios se fueron tornando en amabilidad, preocupación por las personas, y una eterna sonrisa, que desaparecía cuando estaba sola.
Habían pasado tantas cosas.
Lo había pasado tan mal...
Y ahora Dico estaba ahí, y le decía que se calmase, y le sonreía.
No sabía que era lo que sentía, porque sentía demasiadas cosas, pero era agradable.
La puerta del salón se abrió.
Dico clavaba sus ojos en el fuego, mientras Ara, apoyada en su hombro, los clavaba en la puerta.
Pudo ver quien acababa de entrar.
Y sintió que perdía todas las fuerzas.
Sintió que su corazón se paraba.
Y una mueca de pánico acompañó a un grito ahogado.
Porque, no.
No había podido olvidar aquella cara.
viernes, 29 de mayo de 2009
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